Baltasar y Farala
No sé por qué estoy tan cachonda. Deben de ser las luces de navidad del Corte Inglés o las barbas llenas de baba de Papa Noel que me ponen melancólica... Sí, quizá sea eso, que huele a incienso y mirra y recuerdo a Baltasar... mmm, Baltasar...
Tenía 14 años, y ya estaba más buena que el pan. Iba al colegio en uniforme: jersey verde desgastado, faldita ligeramente mini (todo lo que me permitían las sucias y extremadamente cerdas monjas ... ¡cuántas veces me obligaron a levantármela!), y calcetines blancos de lana. Aquel 22 de diciembre llovía y las gotas de agua resbalaban por mis piernas blancas hasta que caían, con gran pena en su corazón, al suelo. Iba corriendo a mi casa, tan contenta porque ya se había acabado el colegio que tarareaba una canción de Mili Vanili, mis ídolos del momento. Aquellos pedazo de negros me hacían fibrilar en la intimidad de los walkman. Me imaginaba sus grandes bananas marrones, sus culos prietos... saltando como monos sobre mi imberbe sexo.
El caso es que me encontré con mi tía, que me dijo si podía hacerle el favor de acompañar a Josete a dar la carta a los pajes de los Reyes Magos, que ella tenía que ir a hacer algo a no sé donde. No se me ocurrió nada peor en lo que perder el tiempo, así que acepté. Además, mi primo Josete, aunque pequeño, era muy listo, y siempre resultaba más interesante hablar con él que con las repipis de mis amigas. Ese año se había pedido no sé cuántos micromachines, el barco pirata de los clics y un hamster, a parte de mil chorradas más que no recordaría una vez roto el correspondiente envoltorio. Decía que los Reyes Magos no odiaban a los animales como su madre y que por fin conseguiría tener una mascota. Aunque se equivocaba, años más tarde, Josete, hermoso y fuerte como un toro, dispondría de más de cien zorras dispuestas a ser por él domesticadas.
El Corte Inglés estaba a reventar, pero como me seguía haciendo ilusión el tema, no me resultó muy pesada la cola...
Cuando nos llegó el turno, a Josete, que hasta entonces estuvo encantado, le entró la llorera, y no me extraña. El paje era un tipo escuchimizado y feo al que habían pintado la cara con betún; además, llevaba un traje horroroso y cantaba a alcohol que tiraba para atrás. Total, que a mi primo no le dio la gana de entregarle la carta y la empezó a liar con otra niña que venía desde hace tiempo armando follón. Se montó una tan gorda que acabaron llevándonos a la niña, su padre y nosotros dos a la trastienda.
El padre de la niña, al que llamaremos Sr. Capullo, me pidió que por favor la cuidara un rato, que él tenía que comprar un montón de regalos, que no le iba a dar tiempo, etc. Yo volví a aceptar sin inmutarme, puesto que Josete y la niña ya se habían puesto a jugar con unos He-Man que había en la trastienda como si se conocieran de toda la vida. Cuando se fue, me senté en un sofá que había por ahí y encendí los walkman...: Mili, Vanili, bordando playbacks en mi imaginación púber...
Al cabo de un rato apareció un negro vestido de Baltasar –debía de ser el primer Baltasar de España que veía que era en verdad negro- con la intención de quedar bien con los padres de los niños, para así mantener la buena reputación del Corte Inglés. Pero los niños, con muy buen criterio, pasaron de su culo. Se llevaban tan bien que, de haber sido adultos, seguro hubieran hecho temblar los cimientos del castillo de Greyskull jugando al teto.
El negro, el rey negro, era un dios de cacao: fornido, impresionante. El disfraz que llevaba encima dejaba intuir la fuerza de un salvaje no del todo civilizado. En otros tiempos, sus antepasados, nobles de ébano, reinaron en la selva con absoluto poderío. Su retatatatarabuelo era el mismo Baltasar, y su bisabuelo, último jefe del clan, vio impotente cómo el virus blanco acababa con su pueblo. Esos seres pálidos y enclenques, llenos de malicia, gastaban un pene enano comparado con el de su majestad.
Me dijo: peldone, yica, ¿e uté la hemmana mayol de los pequeños?
Baltasar tenía una voz profunda y grave, y yo, que había bajado, como niña pija y bien educada que era, el volumen de los walkman en cuanto entró por la puerta, sentí sus ondas sonoras filtrarse por mis oídos y recorrer mi cuerpo entero hasta agarrarme el coño por dentro, exprimiéndome el fruto con todas sus fuerzas, dejándome febril, empapada... y roja. Tuve que asentir o hacer algo parecido porque Baltasar me condujo por un pasillo larguísimo hacia una estancia llena de cajas de juguetes en la que una señora gorda e inmensa hacía inventario. Me dijo que escogiera uno para cada uno de mis hermanos, el que quisiera. Elegí dos al azar, puesto que no estaba para pensar mucho. Después, la señora se me quedó mirando con cara de preocupación, y le dijo al negro que me diera una aspirina del botiquín antes de devolverme a mis hermanos.
El botiquín estaba en un trastero donde guardaban el material de limpieza. Baltasar lo abrió y se dio la vuelta con la aspirina en la mano. Yo miraba sus ojos negros hipnotizada, y él dijo: qué le pasa, amol, ¿quiere un vaso de agua pa la pastilla? Tiene uté muy mala cara. Me sirvió el vaso de agua de un bidón de oficina que había por allí; pero, al intentar bebérmelo, se me desparramó entero por el jersey. Estaba muy excitada, tanto que no pude dominarme y me apreté ligeramente contra mi negro. Él pareció no darse cuenta; sin embargo, no dejó que fuera yo la que secara el jersey con un trapo que había cogido; al contrario, muy cortésmente, me hizo levantar los brazos y me lo quitó suavemente con la excusa de que sería mejor dejarlo encima del radiador.
Hacía mucho calor y por un momento nos quedamos los dos callados en un silencio animal... De repente, se produjo un cambio en la cara de Baltasar. Su gesto, antes amable y bonachón, tornó rudo y brutal. Ya no me miraba como a una adolescente; era una hembra y no estaba enferma, él sabía lo que necesitaba: lo que los dos necesitábamos. Me agarró por la blusa y me acercó hacia sí. Sentí sus manos enormes recorriéndome la cintura, sujetar mis nalgas como si fueran manzanas; decía: ya sé lo que quiere la señorita, ya sé lo que quiere; y acariciaba mi sexo de arriba abajo por entre las bragas. Después de tocarme y besarme el cuello y la cara sin rozarme los labios, sólo dibujándolos con los suyos, me hizo arrodillarme... y me cubrió con su capa de rey mago. Nunca olvidaré lo que sentí en ese instante, en la oscuridad, bajo aquel manto de protección... el olor a polla, el vigor, la naturaleza: el sabor de la selva...
No recuerdo bien cómo volví a casa, ni lo que le dije al Sr. Capullo cuando me vio llegar donde estaban su hija y Josete jugando a los He-man con el pelo hecho un torbellino y la blusa toda arrugada... nada de aquello tenía ya importancia. Mili Vanili no eran más que unos farsantes y yo estaba mareada, extasiada... encantada con el mundo y sus posibilidades.
